Hace muchos años,
una rica familia inglesa, muy ilustre, se fue con sus hijos al campo para disfrutar de unos días de vacaciones veraniegas. Los chicos se fueron a bañar a un estanque. Uno de ellos, bastante
gordito y patosillo él, comenzó a ahogarse, mientras sus hermanos gritaban en demanda de auxilio. El hijo del jardinero acudió veloz y lanzándose al agua salvó a la indefensa criatura. Al día
siguiente los agradecidos padres del «moisés» británico, preguntaron al jardinero qué podrían hacer a favor del joven héroe. El jardinero contestó que su hijo quería ser médico, y los visitantes
dijeron: Tendremos mucho gusto en costearle los estudios.
Después de la Conferencia de Teherán, en noviembre de 1943, cuando Winston Churchill cayó enfermo de gravedad con una pulmonía aguda, el Rey de Inglaterra Jorge VI, padre de la actual Reina Isabel II, pidió que el mejor médico del Reino Unido tratara de salvar la vida del Primer Ministro, conservador. Este médico no podía ser otro que el doctor Fleming, el descubridor de la penicilina, el hijo del jardinero. —Es curioso— dijo Churchill al doctor Fleming —que un hombre deba dos veces la vida a una misma persona—. Fleming había sido quien salvó a Churchill en aquel estanque.