Martes 9 febrero 2010
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Cada órgano de nuestro cuerpo es una bomba de relojería
unida a un temporizador increíblemente sensible, que no estalla gracias al prodigio de la fisiología. La Tierra gira alrededor del Sol sometida a una atracción cuyo rigor impide que se pierda en
el espacio. Aparte de estos hechos admirables, existen otras maravillas más a mano, por ejemplo, que en este mundo cada planta y cada insecto tenga un nombre, que Velázquez haya pintado el
retrato de Inocencio X, que todavía existan arroyos incontaminados que bajan directamente de la nieve. Pese a esto, hay gente que necesita más milagros. Al papa Karol Wojtyla lo van a hacer santo
por haber curado un caso de supuesto párkinson a una monja francesa, una minucia pedestre, que desdice del esplendor secular de la Iglesia, si se compara con los prodigios que realizaban los
santos antiguos, entre ellos San Vicente Ferrer, cuya festividad se celebra en mi tierra. Para darle de comer lo mejor que tenía en casa, una devota familia de Morella preparó a un hijo de seis
meses a la brasa y lo sirvió al santo en una bandeja como un cochinillo asado. Vicente Ferrer, después de agradecerle el detalle, resucitó al niño y todos quedaron admirados. En otra ocasión, en
mitad de un sermón en el mercado de Valencia anunció a la multitud que acababa de recibir una misteriosa llamada interior. Alguien estaba a punto de morir y había que ir a socorrerle. «¿Adónde?»,
exclamó el gentío. «Seguid, seguid a mi pañuelo.» A continuación el santo echó al aire su mocador, que comenzó a volar por las calles y finalmente se coló en una buhardilla donde una familia se
estaba muriendo de hambre. Caso solucionado. Tal era el poder de este hombre que el obispo le prohibió hacer más milagros por la algarabía que armaba, pero un día vio a un albañil cayendo de un
andamio y le gritó: «De momento párate en el aire». Vicente Ferrer fue a pedirle al obispo que le permitiera bajarlo. Después de recibir el permiso, hizo que el albañil aterrizara suavemente en
la acera. Milagros de esta categoría Vicente Ferrer tenía 980 constatados cuando Calixto III lo elevó a los altares. Si hoy este santo valenciano viviera, sus prodigios estarían a la altura de
las circunstancias. Haría que no se licuaran los casquetes polares, que no se incendiara la Amazonía, que hubiera agua potable para mil millones de africanos igual que hizo manar la fuente seca
de Liria. Éstos son hoy los milagros de verdad, aparte de que sigamos vivos y que el planeta no se haya ido al carajo.

El abuelo iba a
pie y el nieto en el burro. Se cruzaron con una persona a quien le pareció mal el caso: qué vergüenza, el pobre viejo andando y el joven regalado en el aseladero. Atento a los murmullos del
mundo, el abuelo hizo bajar al joven y ocupó el lugar en el lomo del jumento. Inmediatamente protestó otro contra el atentado: el infeliz niño pisando el polvo de los caminos, mientras el
malandrín del viejo viaja repanchingado en la albarda. Bajó entonces el abuelo y decidió que seguirían los dos a pie, dejando al burro sin carga. Pero pronto otro paseante se rió de la estupidez:
éstos tienen una bestia de carga y no se sirven de ella. Ante esto el viejo volvió a sentar al nieto en el burro y se montó detrás, pero en seguida apareció otra persona protestando contra la
crueldad con que los despiadados trataban al animalico, obligándolo a aguantar doble carga. Entonces el viejo dijo: “Dejemos que digan lo que quieran y vayamos como al principio”. Subió al nieto
al lomo del jumento, y, con la lección aprendida, siguieron los tres su destino.
Según se afirma en la escuela Madhyamaka,
habitualmente concebimos las cosas como si existieran en y por sí mismas, por lo que creemos que cuando señalamos lo que llamamos un carro, según el ejemplo clásico, o una silla, allí hay
realmente un carro o una silla. Así pues, parecería seguirse que cuando examinásemos la silla con mayor detenimiento halláramos la silla. Si nos hiciésemos con un juego de herramientas y
desmontásemos la silla, nos encontraríamos con cuatro patas, un asiento y un respaldo. Ninguno de ellos, tomados individualmente, es la silla. Esto no es de extrañar, ya que precisamente
consideramos que la silla es el conjunto de estas partes montadas de una forma determinada. Así pues, podemos decir que, en consecuencia, la silla es la reunión en orden de las partes. ¿Pero
dónde se encuentra la reunión? Tampoco puede encontrarse entre las partes. Así pues, las partes, incluso cuando se montan correctamente, no son la silla objetivamente existente que habíamos
señalado. La silla está ausente y esta ausencia es la vacuidad de la silla.
No hay curso o conferencia
donde no salga la pregunta, así que, aun a riesgo de aburrirlos a ustedes, voy a poner por escrito mi respuesta, que no coincide con la de muchas de mis colegas, que aseguran que ellas no hacen
literatura femenina, que la literatura femenina es un invento de las editoriales y que su condición de mujeres no influye en el resultado de su obra.
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